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No Soy Pilonga

Juana, para la jubilación siempre hay tiempo

De los 84 años vividos, Juana González lleva 50   en la tabaquería de Ranchuelo, y afirma que se va a retirar cuando se sienta cansada, o la salud la traicione, aún está fuerte y sigue clasificando capas para torcer puros.

   “Mis cuatro hijos ya están jubilados. Ellos constantemente me incitan al retiro porque dicen que ya tengo que descansar, y les contesto que lo haré algún día, claro, yo también quiero disfrutar mi pensión, pero eso será más tarde, aún quedan muchas hojas de tabaco por seleccionar”, asegura.

   La candidez de la ancianidad aflora en su tez blanca, con la que trasmite serenidad, aplomo y dulzura de solo verla una vez.

   Una mística relación existe entre sus manos ya arrugadas y las hojas secas del tabaco, casi sin mirarlas las voltea, estira, y palpa, los gestos denotan cariño. Ella reconoce que forman parte de su existencia.

   “El tabaco merece respeto, hay que tratarlo con amor, es noble pero no perdona un error, por eso los tabaqueros más que obreros somos artífices. El habano cubano triunfa en el mundo porque lleva el sentir y la tradición de la nación, nosotros desde cada taller se lo impregnamos”, asevera.

   Juana tiene mirada de ojos vivos y locuaces, en ellos late energía juvenil la cual impide predecir que este 23 de junio celebrará su onomástico 85.

   “Me casé muy joven, a los 25 años ya tenía mi descendencia. Durante la infancia de los muchachos mi madre los cuidaba para que pudiera trabajar como doméstica,” explica sin dejar de seleccionar las aromáticas hojas.

   “Constituimos una familia unida, criamos a los hijos con buenos modales, educación, respeto y cariño. Mi esposo y yo buscábamos la oportunidad para pasear y entretenernos juntos. Bailar era su mayor distracción y yo lo complacía aunque no era mi afición preferida”, recuerda con nostalgia.

   “Enviudé en 1957, la pérdida de mi compañero me afectó sentimentalmente y la situación económica de la casa empeoró, pero no me permití el lujo de flaquear, saqué fuerzas para seguir, claro, siempre con la ayuda de mi mamá”, rememora.

   Con gran locuacidad la tabaquera recorre en un instante los años finales de la dictadura de Fulgencio Batista, y el inicio de la Revolución, momentos en que, a pesar de su ignorancia, sabía que ya se acercaba un futuro mejor.

   Se sumó a la nueva era que se gestaba: fue de las fundadoras de las Milicias Nacionales Revolucionarias, la Federación de Mujeres Cubanas y los Comités de Defensa de la Revolución. Toda nueva idea tenía su apoyo.

   “En 1961 cuando se creó esta fábrica comencé a laborar, desde este mismo puesto de trabajo alcancé el sexto grado, ví a mis hijos asistir a la escuela con almuerzo seguro, agregó,” Su existencia está dividida en dos tiempos, antes de la tabaquería y después.

   El agradecimiento eterno a la Revolución, de esta cubana, la llevó a redoblar diariamente los esfuerzos productivos, razón por la cual resultó destacada por décadas. En 1980 le vendieron un automóvil como premio a su buen desempeño.

   La destreza de sus manos y la habilidad adquirida por tantos y tantos años, son ejemplo para todos en el taller.

   Con cariño y orgullo sus compañeros palmotean la espalda de la cincuentenaria tabaquera para reconocerla como modelo de calidad, disciplina y organización en la labor. Más de uno asegura que la vejez no le ha restado productividad.

   Los pasos ya son más lentos, pero la vitalidad aún le acompaña para cultivar plantas y hacer arreglos a las piezas de ropa de sus amigas. Además, mantiene exquisito orden y limpieza en el hogar, que comparte con el nieto mayor.

   Todo eso en los fines de semana, el resto de los días los dedica a trabajar.  

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